Hace casi una semana que se nos cayó un pino en la cabeza. Uno muy grande. Y llevo un mes enviando correos en la newsletter que he titulado ciudadanos de segunda. Para hablar de los alquileres, del papel del perro en sociedad, de las familias con animales…
Te pongo en contexto. Tengo la casa destrozada (que tampoco era un palacio, pero bien que nos gustaba) y, entre peritajes, acogidas temporales y lloraditas varias, estoy valorando opciones. Lo que peor llevo es que Ares está en una residencia, porque no ha habido forma de poder llevarlo conmigo. Y me pregunto: “Si yo no puedo, con mi experiencia profesional, ¿cuánta gente sufrirá lo mismo o peor, frustrados de no encontrar una salida?”
Al menos, me ha dado tema sobre el que hablar, y voy a hablar de perros, y alquileres. Un problema que sigue trayendo cola en este país, donde ni la Ley de Bienestar Animal ni ninguna otra ley (la Ley de Arrendamientos Urbanos, por ejemplo) obliga a nada. Sí, es legal negarte un alquiler por tener un perro, aunque sea Lassie.
Y tres años más tarde, muchos de los supuestos planteados siguen sin aplicarse, para sorpresa de nadie. Al final, todo queda a la buena fe de la gente.
El problema de alquilar con perro
Suele decirse: “Todo español tiene derecho a una vivienda digna.” Pero es mentira. Sin embargo, si tienes perro(s), todavía es más gorda la mentira.
Según Fotocasa, 6 de cada 10 propietarios de viviendas aceptaría inquilinos con perros o gatos, pero sólo un 4% lo publica en el anuncio.
En Vozpópuli, en cambio, dicen que “solo uno de cada quince contratos de alquiler permite tener animales en casa”, aunque 3 de cada 5 casas conviven con animales.
Pues eso, que si teníamos dudas de que España ha sido un país de propietarios aquí una prueba más. (Con esto último, nada que decir, que no es mi campo.)
La conversación incómoda
Venga, que aquí es donde la conversación se vuelve incómoda. Tú, yo y el vecino hacemos lo mismo, o casi. Curramos, pagamos impuestos, cumplimos contratos… y, en este caso, convivimos con bichos… algo que te sigue dejando fuera del mercado inmobiliario del alquiler.
La Ley 7/2023 de Bienestar Animal reconoce a los animales como “seres sintientes”.
Qué alegría, qué alborozo.
Pero lo de tocar la LAU, como diría nuestro mítico M. Rajoy… “ya tal, fin de la cita.”
No obliga a nada.
No protege a nadie en este punto.
Todo sigue dependiendo de una cláusula, de la voluntad del propietario, del “a ver si cuela” o directamente, de mentir, mirar que no pone nada en el contrato y “¡oh! ¡chórprecha! ¡Ha aparecido un perro (o tres) después de la firma!”
El riesgo real suele ser ridículo
Lo peor es que, además, el riesgo real suele ser ridículo en comparación, como la historia de los “casos de ocupación” y los vende-alarmas, si me preguntas.
Sí, ocurre, pero como las meigas.
Además, la mayoría de los contratos ya incluyen fianza, seguros de impago, seguros de responsabilidad civil, garantías adicionales… Falta un pacto con Satanás en el anexo.
Lo que no existe es voluntad política de abordar el problema.
Cuando el mercado excluye
Y voy más lejos, venga. ¡Me enciendo!
Si el mercado funciona en contra de un grupo concreto de ciudadanos (las familias que conviven con animales y tienen que alquilar), y la ley no corrige ese desequilibrio, entonces no estamos ante una anécdota. Estamos ante una exclusión estructural.
Y lo digo como alguien que:
-
trabaja con perros, y sus familias
-
evalúa conductas todo el tiempo
-
y, sobre todo, sabe cómo prevenir daños, gestionar estrés y anticipar conflictos
El sistema no contempla los vínculos multiespecie de los que tanto se llena la boca. Son una anomalía tolerada, no una realidad compartida.
No estamos pidiendo privilegios. Estamos pidiendo que convivir con un perro no te coloque automáticamente en el último escalón de acceso a una vivienda. Que no dependa de “si el casero es majo”. Que no dependa de esconderlo. Que no dependa de rezar a Yahvé. Y mientras tanto, seguimos llamando a los animales “miembros de la familia”. ¡Eso sí!, cuando no interfieren con el famoso libre mercado.
En pocas palabras: la próxima vez que alguien diga que “tener perro es una elección”, vale la pena recordarle que también lo es tener hijos, cambiar de ciudad o aceptar un trabajo nuevo. Y no por eso deberían desaparecer tus derechos básicos.
