Uno de los momentos más duros que vivimos las familias es decir adiós a uno de los nuestros. Durante décadas, se ha invisibilizado este dolor entre los tutores y sus animales, pero poco a poco están dándose cambios importantes a nivel social y cultural. Por esta razón, creo que es interesante entender por qué, por mucho que duela, es importante transitar ese malestar juntos y no dejar solo a tu peludo en sus últimos instantes en este mundo.
Antes de seguir, te quiero comentar que esta entrada puede afectarte si has perdido recientemente a un/a compañero/a (te acompaño en el sentimiento). Si no te sientes con fuerzas, quizá puedes revisar algún otro artículo o contenido y dejar este post para otro momento.
El duelo compartido
No te digo nada nuevo. El vínculo con tu perro va más allá de la mera convivencia. Son compañeros fieles que nos siguen día a día: en las rutinas, en los afectos, con su presencia constante. En las últimas dos décadas, nadie —pero nadie— ha pasado tanto tiempo conmigo como mis perros. Es normal pues, que, cuando llega el momento de despedirse, el vacío sea tan grande.
La conciencia social también está cambiando. Muchas voces defienden que el duelo de tu perro debería ser como el de cualquier otro miembro de la familia. Cada vez más profesionales reconocen la existencia de este dolor, ofrecen recursos de apoyo y luchan por un cambio de leyes. Hoy, existen asociaciones de duelo, e incluso profesionales especializadas en transitar este proceso (si lo estás pasando mal, te animo a que busques información por Internet sobre estos servicios).
Por el contrario, todavía hay muchísimas resistencias. Si la nueva Ley de Bienestar Animal supuso frenos, controversias y dificultades para su aprobación hasta 2023 (y hoy sigue paralizada, en parte, y sin desarrollo reglamentario), la defensa de nuevos derechos para el ciudadano y sus compañeros animales también puede ser difícil de «echar a andar».
En pocas palabras, hoy día, la ley no permite faltar al trabajo por un perro enfermo, moribundo o recién fallecido, manteniéndose en un gris que depende de la buena fe de la empresa o la actividad laboral del guía si intentamos obtener «días de permiso».
Estar con ellos, hasta el final
A medida que la medicina veterinaria ha avanzado, los perros viven más años y mueren de otro tipo de enfermedades. A diferencia del ser humano (donde todavía hay una larga legislación en muchos países: entre ellos, España), ellos no pueden decidir cuándo irse, pero tampoco comunicarnos su malestar de manera directa: en esta cuestión, dependen completamente de nosotros. Así, nuestra responsabilidad debe ser siempre evitarles sufrimiento innecesario y evaluar cuándo la vida deja de ser vivible.
Para ello, hay varias escalas que suelen utilizarse más allá de la «emocionalidad» de ese momento, como la escala HHHHHMM, que mide dolor, hambre, hidratación, higiene, felicidad, movilidad y más días buenos que malos. En esta escala, un resultado menor a 35 puntos sobre 70 indicaría que la vida de tu peludo ya puede ser difícil de vivir. Y es duro (siempre lo es), pero también puede ser un acto de amor.
Sabemos que los perros viven el presente con una intensidad y unas limitaciones, por llamarlas de algún modo, que el pensamiento humano (abstracto), puede capear mejor. La posibilidad de proyectarse hacia el pasado y el futuro, así como de racionalizar situaciones de dolor y malestar en humanos, a veces, permiten soportar situaciones difíciles. Sin embargo, un perro vive el momento presente, y huele el momento presente, y sufre…el momento presente.
La memoria en los perros
En los últimos años, hemos ampliado mucho la información sobre la memoria olfativa de los perros y su actividad cerebral. Los perros NO tienen memoria episódica, capaz de retener épocas, momentos y periodos de tiempo. Por el contrario, lo que sabemos es que su memoria es, principalmente, asociativa (vinculando equis estímulo con otro estímulo), olfativa (incluso a largo plazo, asociando olores con sitios, situaciones y mapas olfativos) y espacial. Sin embargo, en esta cuestión, un perro que sufre, principalmente va a sentir y vivir ese sufrimiento presente. Por ello, ante un periodo final de dolor y malestar, lo más humano es ofrecer un acompañamiento y una despedida adecuada.
Esto no significa que muchas situaciones que ciertas familias consideran «malestar» (por ejemplo, artritis, menor movilidad, la amputación de una extremidad, degeneración cognitiva, operaciones) sean razones para la eutanasia: es más, por desgracia, a menudo los veterinarios tienen que enfrentar situaciones muy duras fruto de la falta de conocimiento.
Hablamos aquí de situaciones en las que
- el perro no tiene capacidad de mejora,
- y su calidad de vida se ha visto gravemente devaluada.
Y cuando llega el momento, deberíamos tratar de acompañarles hasta el último momento.
Las resistencias son normales
En los días que preceden a la eutanasia, es natural sentir miedo, ansiedad y estrés. Tenemos pavor también a asistir a una situación en la cual tenemos que despedirnos de un compañero de vida, tememos no soportar el dolor, verlo sufrir o llorar junto a ellos. Muchas personas, por ello, piensan que es mejor no estar presentes.
Sin embargo, como apuntaba arriba, para un perro el momento presente representa (casi) el total de su percepción. No puede recordar lo que hacíais hace 10 años. No puede pensar en otras cosas fuera de la clínica, el veterinario que nos ayuda o el momento de la despedida. En este sentido, llorar, decirle palabras bonitas, transmitirle cuánto le hemos querido y le seguiremos queriendo y acompañarle en sus últimos momentos en la Tierra, es lo mejor que se puede hacer.
Tras muchas despedidas, siempre recomiendo escoger un entorno tranquilo (si es posible en casa, en casa; si no, en un ambiente sereno, sin prisas); también podemos mantener el contacto físico (acariciarle, sentarnos junto a él, poner una mano en su lomo). Podemos hablarle con voz suave, dejarle saber lo que ha sido nuestra vida juntos y permitirte vivir esa experiencia. No hay una forma equivocada de sentir: no pasa nada si lloras, si tiemblas, si te rompes un poco junto a tu perro.
Tu perro no necesita que seas fuerte, necesita que estés ahí.
Si bien entiendo que no siempre es sencillo, cuando he tenido que dar un consejo, le he dicho a la familia que se imagine que otra persona estuviese a punto de fallecer: un hermano, una madre, una abuela. ¿Dejaríamos que viviese esos momentos sola por no sentir el dolor de esa experiencia o estaríamos presentes, sosteniendo, acompañando y dando sentido al vínculo?
Despedirse nunca es fácil, pero estar presentes en los últimos momentos de nuestros perros es una forma de cerrar el círculo de amor y responsabilidad que iniciamos cuando llegaron a nuestra vida. La vulnerabilidad es aquello que nos une: el dolor del duelo es inevitable, pero también lo es la gratitud por haber compartido ese viaje juntos.
En Dog Ventura acompañamos a familias y perros durante todas las etapas de vida canina, y cuando llega el final, también hemos querido siempre acoger la despedida como cada guía nos ha pedido, incluso asistiendo a algunas eutanasias de perros que ayudamos a vivir mejor.
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