No es el primer año que vamos a hablar sobre disfrazar a tu perro: cada año, con la llegada de Halloween, las fiestas de Carnaval o algún evento similar, las redes se llenan de vídeos y fotos de perros con disfraces, peinados e incluso maquillados. La mayoría de los educadores tenemos una opinión negativa (con matices), tanto por la antropomorfización (tratar a los animales como personas) como por lo innecesario que resulta.
Sin embargo, sé perfectamente que muchas familias lo hacen sin mala intención: por ternura, humor o simplemente para que su perro participe del ambiente de fiesta. En el fondo, ¿por qué lo hacemos? A menudo, no lo hacemos por ellos, sino por lo que nos hace sentir a nosotros o por el refuerzo social que obtenemos: las risas, los likes, la foto bonita.
A veces, y depende de cómo se haga, incluso es poco «invasivo» o molesto para el perro (colocar una diadema un minuto; «enseñar a llevar» un disfraz, que no es lo mismo que disfrazar a tu perro de cualquier forma…); en cambio, otras resulta el principio de muchos problemas de manipulación, frustración e inseguridad.
Si puedes hacer que un bozal, una calming cap o un arnés de entrenamiento se relacione (asocie) con distintas expectativas positivas, también puedes asociar disfraces con cosas buenas. La cuestión aquí es:
- para qué vamos a hacerlo
- si te vas a tomar el tiempo necesario, para que no sea molesto para él o ella
Además, pocas veces se centra el tema en ver cómo vive el perro esa experiencia.
No es una necesidad, ni un capricho inocente
Empiezo por lo obvio.
Un perro no necesita disfrazarse para disfrutar de su vida y de su rutina. Lo que necesita cualquier can son rutinas estables, paseos variados, momentos de descanso y oportunidades de llevar a cabo sus comportamientos como especie (oler, explorar, ladrar, forrajear…).
El resto, paja.
Por descontado, hay perros que, por selección (chihuahua, por ejemplo; o husky siberiano), puedan necesitar abrigos o arneses refrigerados: es lo que pasa por meter a un perro de Latinoamérica en Suecia o a un nórdico en Sevilla. El uso de arneses, correas, botas y un largo etcétera también es algo que puede tener que trabajarse, y está bien.
Hablar sobre natural y no natural es algo peliagudo, y no seré yo quien lo haga.
Quizá no es natural usar correas, pero desde luego es necesario para convivir con perros en ciudades.
Sin embargo, forzar a un perro a llevar un disfraz sin haberlo habituado, sin observar su lenguaje corporal o sin permitirle moverse con normalidad puede generarle estrés o ansiedad. Algunos disfraces incluso limitan su visión, su audición o su capacidad para regular la temperatura corporal. En esos casos, la intención se convierte, sin quererlo, en malestar.
Cuando hablo de habituar como proceso de aprendizaje, me refiero a acostumbrar (para entendernos). Habituar no significa forzar hasta que se resigne, sino exponer de forma progresiva y positiva, dejando siempre opción de retirada. Lo contrario —la sensibilización— ocurre cuando repetimos una experiencia negativa hasta que el perro anticipa el malestar.
Al tratar de ponerle la sabana para el tiktok o llevarlo a la peluquería para cambiarle los colores (bastante peor esto, por cierto), podemos estar exponiendo a situaciones de alta intensidad y producir el fenómeno contrario: la sensibilización; además de asociándolo con un montón de «estimulación negativa» (aversiva) para el perro. Pegar a un perro es muy malo, pero quitarle la capacidad de decidir e imponer situaciones tampoco es algo precisamente bueno.
Entre la ternura y el malestar
El auge de las redes sociales ha transformado muchos momentos cotidianos en contenido. Ver perros disfrazados puede parecer adorable, pero si se observa con atención, en numerosos vídeos aparecen señales claras de incomodidad: orejas hacia atrás, rigidez, bostezos o intentos de quitarse el disfraz.
Estos comportamientos reflejan malestar y el deseo de escapar de la situación (comportamientos de escape o evitación). Cuando se repiten sin pausa, afectan a la confianza del perro y a la relación con sus guías, pudiendo llegar a situaciones incluso de bloqueo ante la imposibilidad de ser escuchados.
Hay perros que toleran ciertas manipulaciones, pero tolerar no es disfrutar.
Aprender a distinguir entre tolerancia y disfrute es clave para un vínculo sano.
Si decides hacerlo, hazlo bien
Por eso, si decides disfrazar a tu perro no tiene por qué ser negativo, siempre que se haga de forma respetuosa y progresiva.
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Empieza con elementos muy simples y ligeros, como un pañuelo o un pequeño accesorio que no limite el movimiento.
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Asocia la experiencia a algo positivo: utiliza premios, caricias o juego. Que ponerse “eso nuevo” sea divertido y no estresante. Por ejemplo, mi perra Dana llevó una bandana durante años, pero el proceso fue de habituación y positivización: se le ponía un momento, la premiaba; se la ponía un rato más largo, se la quitaba; los primeros tiempos, cuando se la colocaba, además, lo primero que hacíamos era jugar con el mordedor (algo que le encantaba), y poco a poco le fui alargando y asociando con experiencias positivas.
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Haz sesiones muy cortas, solo unos minutos, para que la experiencia sea fácil de gestionar.
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Observa su lenguaje corporal. Si intenta quitarse el disfraz, se queda inmóvil o muestra tensión, retíralo sin insistir y practica más lentamente.
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Evita disfraces que tapen ojos, orejas o boca, o que dificulten la respiración y el movimiento.
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Prioriza su bienestar antes que la foto perfecta. Un perro tranquilo y feliz siempre será más bonito que cualquier disfraz viral.
Y dicho todo esto, recuerda lo que te voy a decir a continuación.
El punto clave
Vuelvo al punto clave con el que he empezado: él o ella no lo necesita, ni lo entiende. (No, mi perra tampoco necesitaba una bandana, ¡y hay que ser conscientes de esto!) Por eso, optar por opciones mucho más invasivas (como las de este reel) considero que directamente deberían prohibirse, por la imposibilidad de hacerlo de forma respetuosa para el animal y la total ausencia de interés para su bienestar.
El famoso viral de los perretes-fantasma es sencillo de llevar a cabo siguiendo los pasos anteriores y trabajando con aproximaciones (es decir, te acerco el disfraz, te premio; te lo pongo por encima, te felicito y premio, o te lo pongo, te lo retiro y jugamos con un mordedor…); sin embargo, la mayoría de tutores de los vídeos que he visto, lo habrán colocado, hecho fotos y dejado puesto en el perro con evidentes señales de incomodidad durante un largo rato. Esa es la diferencia de la que hablaba en el post.
No es necesario disfrazar a tu perro para incluirlo en una celebración. Puedes hacer que participe de otras formas: chucherías y premios, fotomontajes, incluir juguetes u objetos de tiendas como Patasbox (la primera que me ha venido a la cabeza, con «packs estacionales») y valorar bien qué le gusta a tu perro y qué ni tan siquiera tolera.
El bienestar del perro no depende de la estética, sino de cómo lo acompañamos.
Estas fechas pueden ser una buena oportunidad para recordar que no todo lo que nos hace gracia les hace bien. Celebrar juntos sí, pero siempre desde el respeto y la empatía.

