El líder de la manada: de mito televisivo a desastre en el mundo canino

El líder de la manada de mito televisivo a desastre en el mundo canino

Así se titulaba el primer programa de César Millán que llegó a España: «El líder de la manada«. A caballo entre el show business y el adiestramiento más tradicional (y, a menudo, sin base científica). Cuando se estrenó el programa, el mito del «alfa» estaba desmentido hacía décadas por su propio impulsor, Rudoph Shenkel. (Mech también tuvo bastante que ver aquí.)

A finales del año pasado, me encargaron un artículo largo y ampliamente documentado sobre este y otros programas que han ido apareciendo a posteriori. Desde la redacción, lo titularon: «Las series de Netflix de educar a perros dan consejos igual de malos que hace diez años»

Si quieres una visión detallada, te recomiendo que le eches un buen vistazo.

También me parecen muy interesantes los planteamientos que pueden verse sobre esta cuestión en SrPerro (donde se centraron en los riesgos) o en Singletrack, donde contextualizan origen y repercusiones de la teoría de la dominancia.

Y si te interesa un artículo divulgativo, pero con mucho detalle, The Myth of the Alpha Wolf me encantó.

El mito del líder de la manada, o el alfa

Al inicio, he mencionado a Shenkel, aunque quizá tú hayas oído hablar más de David Mech. En cualquier caso, Shenkel realizó los primeros estudios sobre conducta en lobos cautivos y observó que competían por un rango en la escala jerárquica.

Mech y otros colegas confirmaron esto.

Sin embargo, no mucho tiempo después, se dieron cuenta de que el problema es que los lobos en cautividad eran individuos «sueltos» (puestos a dedo), mientras que, en estado natural, una manada salvaje es una familia (padres y crías de los últimos años).

Hace poco, hablé sobre esto en YouTube (aunque lo simplifiqué, como suelo hacer para ese medio).

En un entorno natural, los individuos que maduran pueden separarse para evitar estas tensiones, pero, en cautividad, no hay forma de llevar a cabo esta conducta, por lo que se recrudecían los enfrentamientos más y más.

¡Ah! El mito del líder de la manada ya ves que va de lobos, en teoría, no de perros. Pero ahora salta hacia el can doméstico...

Otra de estas falsas verdades es que el alfa se imponía por la fuerza, algo que Mech hace un montón de años que desmintió, tanto por el riesgo para el grupo como por los rituales de apaciguamiento, que los lobos subordinados realizan de forma NO forzada.

Del lobo al perro…

Durante varias décadas, se ha considerado al perro como un «lobo domesticado». Sin embargo, aunque ambas especies comparten un ancestro común, son distintas en muchos aspectos. Pero ¿qué llevó a familias, adiestradores y etólogos a pensar que el comportamiento del lobo estaba relacionado con el de los perros?

La lógica era la siguiente:

«Los perros descienden del lobo.»

A partir de aquí, súmale la creencia errónea de las manadas jerárquicas con un macho alfa dominante en los lobos y la idea (antropocéntrica, a tope) de que los humanos debían ser el miembro dominante con sus perros «para educarlos».

Y por si alguien necesita leerlo:

La idea de que el comportamiento del perro puede explicarse aplicando modelos de comportamiento del lobo no es más relevante que sugerir que el comportamiento del chimpancé puede utilizarse para explicar el comportamiento humano.

Esta es una explicación típica que imagino que le he robado a alguien, pero no recuerdo si a Coppinger (probablemente), o a Marc Bekoff. (Por cierto, te recomiendo muchísimo el vídeo y el artículo sobre forrajeo que me curré, y en los que hablo bastante del primero.)

Por desgracia, los humanos seguimos erre que erre: la noción de que los perros son básicamente «lobos domesticados» todavía persiste entre algunos adiestradores y (supuestos) «expertos en comportamiento».

La influencia de los programas de televisión

Durante mucho tiempo, la idea de la agresividad en los perros se ha explicado a través de estas nociones (dominancia, ya sabes). El boca a boca y la TV no han ayudado, ni las simplificaciones habituales que podemos ver sobre el comportamiento canino.

Fíjate en algo muy curioso para entender esto.

Es habitual que muchos perros considerados «dominantes» muestran, más bien, señales ambivalentes en su lenguaje corporal:

  • posturas de miedo ofensivo o defensivo,
  • señales de calma (evitación, girar la cabeza…)
  • señales de advertencia (gruñidos, levantar belfos)
  • temblores, jadeos, bloqueo, freezing
  • incluso conductas de sumisión después de un ataque (mordisco).

Pese a ello, a menudo, los comportamientos siguen confundiéndose con la idea de un perro que intenta «someternos» o «dominarnos», cuando se trata de un animal asustado que quiere salir (como sea) de una situación aversiva. Estas características contradicen la imagen típica de un perro dominante como seguro y valiente.

Además, investigaciones recientes (un texto divulgativo de interés puede ser Neuropsicología canina, de O’Heare) han revelado que los perros clasificados bajo este término suelen presentar:

  • Menor nivel de actividad física: tienden a hacer menos ejercicio que otros perros.
  • Mayor sensibilidad: muestran miedo hacia las personas y reacciones más intensas a los ruidos.
  • Mayor excitabilidad: reaccionan desproporcionadamente en diversas situaciones.

¿El líder de la manada…? Mejor, compañeros

Aquí llegan los programas de TV, para liarlo todavía más.

En muchas ocasiones los casos de agresividad por parte del perro y la descripción de esta conducta es inconsistente dada la comprensión tradicional de asociar la agresividad con la dominancia. Los perros llamados dominantes (erróneamente) suelen mostrar, a menudo, conductas ambivalentes en su lenguaje corporal como son el miedo y ansiedad, (en otras palabras, pueden temblar y actuar con sumisión antes y después de la agresión).

Es más, si analizas (como debe hacerse: vídeo abajo) casos de perros tildados de «agresivos», en una amplísima mayoría encuentras perros cuya comunicación ha sido ignorada o malinterpretada.

Los estudios nos muestran que los perros que dan señales o actúan con “agresividad por dominancia”, hacen menos ejercicio, son más temerosos a personas, son más excitables y reaccionan más a los ruidos, todo esto hace que la argumentación tradicional de “perro dominante” sea inconsistente, ya que la imagen de un perro “dominante” sería la de un perro seguro, dominante e intrépido.

La terminología y la definición de “perro dominante” ha ido cambiando con el paso del tiempo gracias a los estudios sobre comportamiento canino, si bien es cierto que, en sus inicios, a casi todos los perros que tenían comportamientos agresivos se le denominaba “perros dominantes” o “alfas”. Posteriormente los científicos pasaron a clasificarla como “agresividad competitiva” y actualmente el nombre que recibe es el de agresividad por conflicto social y no tiene nada que ver con la dominancia.

A menudo, las familias han recibido consejos como “muéstrale al perro quien el jefe, el que manda, el alfa”. El efecto que causan estas técnicas es una relación de adversidad entre el propietario y su perro con la creencia de que el perro de alguna manera está tratando de controlar el hogar y la vida del propietario. Tal desinformación daña la relación entre el propietario y su perro.

En lugar de dominancia, lo más frecuente es la falta de comunicación clara entre especies, esta falta de comunicación lo que hace es que haya un conflicto social entre perro y guía, dando lugar a reacciones agresivas (a menudo, en ambas direcciones).

Es responsabilidad de las personas enseñarles a nuestros perros los comportamientos que consideramos apropiados y recompensarlos cuando hacen cosas que nos gustan. Igual de importante es nuestro papel para mostrarles qué conductas no son apropiadas (establecer límites) de una manera constructiva que no conduzca a una mayor ansiedad por parte del perro.

La violencia engendra violencia

En cualquier caso, el elefante en la habitación es el uso de la agresión para frenar conductas caninas relacionadas con la agresión. Combatir el fuego con fuego. Una bomba de relojería si unimos contextos de extinción —es decir, situaciones en las que al perro no le funcionan cosas que le han funcionado hasta ese momento, lo que produce frustración— y el uso de técnicas que implican dolor —y pueden provocar respuestas reflejas de agresión: imagínate qué harías ahora mismo si alguien, de golpe y porrazo, te pega a ti un bofetón.

Si bien el dolor no debería ser aceptable, aplicar «la bofetada con la mano abierta», sea esta más elaborada (cordinos, collares de pinchos, ahorque, eléctricos: muchos de ellos ilegales en España) o menos, porque, a veces, da resultado, no es una gran idea.

Hay bastantes razones, pero cito tres:

  • Puede reforzar esa u otras conductas, pues no siempre controlamos qué refuerza y qué castiga a un perro: en esta misma línea, el perro puede  acostumbrarse al dolor físico y ser «activante» o reforzante, en vez de reducir la conducta
  • Destruye el vínculo guía-perro: tu perro no te puede querer si te tiene miedo, son antónimos; si el animal se mueve para evitar algo, no puede moverse para cooperar contigo por vínculo e interés mutuo
  • Que el perro no emita esa conducta por miedo a las consecuencias ante una persona o varias, no significa que no vaya a realizar esa conducta con nadie más; traducido: será más peligroso, e imprevisible

Si quieres seguir leyendo, te recomiendo que continúes por este artículo, sobre reactividad, o este otro centrado en la educación del perro desde cero. ¡Ojalá te sirvan! Verás que todo va un poco más allá de ser el líder de la manada o no serlo… Al fin y al cabo, tú no eres un perro (y eso tiene mucha importancia).

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