Esta semana, he enviado una newsletter más personal a los/as suscriptores/as de la lista de correo sobre decir adiós a tu perro. No sé si encaja en el blog, pero, aun así, he decidido compartirla en varios canales.
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Me duele la espalda, pero dejará de dolerme. Eso es lo más triste.
Lo sé: ahora no lo entiendes, dame un par de párrafos.
Siempre que se va un perro, escribo. Y se me fue Argos. Siempre escribo yo —poco, mucho—, pero frente al duelo (y duelos hay muchos: barrer, por última vez, el pelo que ya no volverá a mudar, donar las medicinas, mirar su arnés o su mantita con ojos bobos), esto suele transmutar en necesidad.
Seguro que has oído esa expresión: el peaje. Una forma de decir que la vida es buena porque tiene un final. Las cosas se hacen, se viven, se sienten, porque el tiempo para hacer, vivir y sentir es limitado.
El tiempo que viven los perros es una broma cruel, aunque eso es otra historia.
Ayer, me pasé el día tumbado en el suelo, junto a mi perro. Mi primer perro. Él apenas se podía mover, así que decidí petrificarme a su lado. Ya era martes, y Argos dormía casi todo el tiempo desde la madrugada del domingo. Al cabo de un par de horas, me empezó a doler la espalda, pero no pudo importarme menos.
Fue un día triste y bello.
La belleza es la verdad, la verdad es belleza: ya lo dijo un poeta inglés.
A medida que pasaban las horas, dos ideas ocuparon mi mente. La primera está muy trillada, pero no por ello es menos cierta: hay decisiones que odias tomar, aunque sean las correctas. Tampoco quita que, durante las próximas semanas, piense a menudo en el tiempo extra que le hubiésemos ganado a la aguja.
“¿Para qué?”, me diría mi perro, “la vida debe poder ser vivida”.
Qué perro tan listo.

La segunda es algo más original. Viene de una serie muy conocida sobre una isla, donde uno de sus personajes sobrevive aferrado a la idea de reencontrarse con su pareja. (No es casual que la chica se llame Penélope, por cierto.) Es el retorno a Ítaca, su constante, el viaje épico para el Ulises de turno: aquello que le mueve, que le hace seguir.
Algo similar he sentido yo durante todos estos años con mis dos primeros perros, Dana, que falleció en 2024, y Argos, que se fue ayer. Tras su partida, siento como si las costuras de mi vida se rompiesen. Los márgenes se difuminan; el camino que llevo años transitando se vuelve confuso.
De golpe, levantas la vista y todo parece nuevo, pero gris, y se instala en tu pecho el temor persistente de haber perdido a tu fiel compañero. El miedo a tratar de orientarse sin faros, a consultar un mapa y leer por todas partes aquel famoso Hic sunt dracones (Aquí hay dragones), a resistir sin quienes fueron tu ancla. Hay una frase que parece desmesurada, pero en mi caso no lo es: ellos me salvaron muchas veces de mí mismo y, quien pueda entenderla, comprenderá por qué es tan difícil seguir adelante sin sus patas cerca.
Supongo que Argos ejemplificaba esa constante. A épocas, mis perros lo han sido todo para mí; en otras, una parte ineludible de mi propio ser. De mis relaciones, de mi forma de ver el mundo y la vida.
El año que viene, cuando cumpla cuarenta y, a lo mejor, siga transitando esta melancolía, puede que haya gente que piense que empiezo a sufrir la famosa crisis. La verdad es que la única crisis que yo siento es el fin de la etapa que termina al decir adiós a estos dos perros.
¿Es la misma crisis?
Quizá. Las crisis son crisis, da igual que sean por un número o por lo que se esconde detrás de él.
Vendrán otras constantes, estoy convencido. Otros momentos, otras épocas, otros inicios. Pero ¡duele, duele mucho!, y cualquiera que tenga la valentía de vivir con sus perros y de acompañarlos hasta el final me podrá entender.
Cuando murió mi perra, adopté una costumbre algo tonta: dar un par de golpes en mi brazo izquierdo, donde me tatué su carita de pastor. Esta mañana, he empezado a hacer lo mismo en el antebrazo, donde está Argos. En cierto modo, mientras pueda palmear mi brazo, todavía me acompañarán.
Una pequeña fracción de lo que fueron, que sigue viva en mí.

Ahora toca seguir: el cómo es otra historia.
Lo maravilloso de todo esto es que el famoso epitafio de Lord Byron para su perro se cumple a la perfección para Argos: “[…] poseyó todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos”.
Y yo me pasaré el resto de mi vida anhelando ser todo lo que él fue: fuerte en las dificultades, moderado en las victorias y justo con todos. Nunca gruñó sin necesidad, estableció un límite equivocado o juzgó mal a otro ser.
Él fue el perro perfecto, digno de su nombre.
Hoy es un día triste para todos. Para mí, que perdí a mi hermano; para el mundo, que perdió a quien mejor encajó en eso de ser un can: el mejor amigo del hombre. De un hombre, al menos. Pero no me creáis a mí. Preguntad a cualquiera que lo conoció.
Argos cambió muchas vidas, y fue un perro feliz.
Nadie debería aspirar a más.
J.


